sábado, 28 de noviembre de 2009

DEL ALBA A LA NIEBLA



El poeta convaleciente piensa en el caminante, en su espesa andanza a través del monte cuajado de nieblas. Lo ve huir con sigilo del camino bajo y del acechante cobijo de las alimañas. Cuando ya el frio estertor último de la noche da paso al bostezo y el aliento de las claridades, busca el cazador de sombras vivas los nidos recónditos de los pájaros del albor. Y al albur de la estremecida mañana el cazador y caminante se detiene ante un rescoldo abandonado, a la entrada de una cueva. Otea en la sima los ecos apagados de su voz y en la brasa, vagamente candente en la ceniza, los augurios del horizonte.
El caminante encuentra en el bosque la "dynamis me einai" esa segunda articulación -la primera sería la potentia ad actum- de la potencia según Aristóteles: la potencia de no-ser, esa potencia constitutiva que es impotencia y al mismo tiempo potencia de la potencia, como expresó Giorgio Agamben: "...para la potencia de no ser, por su parte, el acto no puede jamás consistir en un simple tránsito de potencia ad actum: ella es, por tanto, una potencia que tiene por objeto la potencia misma, una potentia potentiae."
Esto piensa el poeta convaleciente: allí el cazador encuentra el aliento de todo acto, el aliento, en definitiva, de todo ser que proviene de potencia para devenir en sustancia. No hay potencia completa sin no ser, sin potencia de no ser. Allí, pues, el alimento del salto.

martes, 24 de noviembre de 2009

IR AL BOSQUE




Me adentro en el silencio del bosque, aquel que nos descubre la entraña musical de la corteza del árbol, el acorde remoto de la rama, la sonoridad aérea de las aves, las líneas consonantes de los aires, todo ello y mis pasos siendo silencio en el silencio. Como pasear por un pulmón de hojarascas, hollando en la arcilla una humedad primera, una anciana herida que restaña la palabra. Ir al bosque es ir a la palabra, a ese silencio que cobija la palabra, a ese rumor que alberga el silencio y la palabra. Ir al bosque es escuchar el vacío en la oscuridad de un pozo, alentando al final un murmullo, un destello de luz negra y líquida que suena como un golpe contínuo contra las paredes de un pulmón arcano. Ir al bosque es ir hacia la vida, una vida que es aliento, voz y luz, sumidas y encadenadas en el silencio.

Dice Heidegger en un texto de 1933 que la auténtica soledad no nos aísla, sino que su fuerza primigenia consiste en arrojarnos a la "extensa vecindad de todas las cosas". Y esa soledad primigenia la encontró Heidegger en la montaña, en el bosque, en la vida campesina de la Selva Negra. Desde allí nos dijo: "El esfuerzo por acuñar las palabras se parece a la resistencia de los enhiestos abetos contra la tormenta."

Ahí nace la palabra que funda, la palabra poética, en la resistencia contra los embates de las inclemencias que acosan y fortalecen ese canto antiguo.