sábado, 6 de febrero de 2016

EL PÁJARO HERIDO





Gélida mañana de mercado. Un pequeño colegial camina entre los tenderetes, después de salir de clase. Oye cantar un jilguero en su jaula y se detiene por unos instantes en la pajarería ambulante para ver de cerca lo que allí se le ofrece. El vendedor va recogiendo apresuradamente, en cajas agujereadas, la mercancía animal:
―Si me ayudas a guardar estas jaulas te regalo uno―,  le dice el tendero, apurado por el tiempo. Es tarde y el cielo amenaza.
El pequeño camina hacia su casa con paso ligero; llega ya muy tarde para la comida y seguro que le espera una buena regañina. Además, no sabe qué le dirán cuando le vean aparecer con el jilguero que lleva en una bolsa de papel y que no deja de aletear haciendo un ruido que a él le recuerda el que hacen en el puchero las palomitas de maíz, como su madre las prepara para cuando van a ver alguna película.
Al pasar junto a las escaleras de la entrada del cine que hay de camino a su casa ve cómo un tullido desciende los escalones, cómo balancea su cuerpo haciendo palanca con sus brazos y cuando llega al bordillo baja uno de ellos, dando con el escalón inferior, y empuja su cuerpo deforme hasta que los muñones de sus piernas caen sobre la losa de mármol.
El niño se acerca a auxiliarlo, deja la bolsa con el jilguero y su cartera de colegio al lado de la tabla con ruedas que el tullido ha aparcado en la acera, junto con unos tacos de madera que aquel utiliza como remos terrestres que le ayudan a transitar por la calle. Cuando ya le ha atado a las correas que le mantienen erguido a la balda, el mutilado le agradece al muchacho la ayuda y le da una entrada numerada para ir al cine aquella tarde, en la que sortearán unas cestas de Navidad.
Es ya muy tarde, hace horas que tendría que haber llegado a casa. Tiene miedo y en ese mismo instante comienza a llover con tanta intensidad que se ve obligado a guarecerse en el soportal del cine. La fuerza del aguacero y el frío lo empujan hacia el interior, cuando apercibe que la puerta del cine se encuentra abierta y entra en el hall enmoquetado.
La sala está en penumbra, vagamente iluminada por una mortecina bombilla roja que alumbra la entrada a la sala de proyección. A pesar de la oscuridad, logra ver los carteles de varias películas que adornan las paredes, junto a fotografías de escenas y retratos de actores. La curiosidad le empuja a abrir la puerta de la sala y se asombra al ver que se está exhibiendo una película.
La sala está vacía, al menos él no ve a nadie y con mucho sigilo, amedrentado, se acerca a una de las butacas y se asienta cuidadosamente en ella. En la pantalla, una pareja camina en silencio por un jardín, callados, hasta que uno de ellos comienza a hablar:
―Ayer me di cuenta de algo sumamente extraño. Después de comer, nuestro hijo se quedó dormido en el sillón, junto a mí. Permanecí mirándole fijamente durante un largo rato. Hacía mucho tiempo que no lo veía así, tan de cerca y con tanto ahínco. Y, de repente, me sorprendí descubriéndome en él, quiero decir, que veía sus brazos, su vello, su mandíbula, su nariz, sus pestañas, y me parecía verme cuando era joven. Fue muy extraño, porque recordé cuando, contemplándome en el espejo, hallaba en mis facciones las huellas de las rasgos de mi padre. No sé, era como descubrir algo que, seguramente, también, en algún momento, mi padre observó en mí, reconociéndose en mí, como un juego de espejos multiplicados, que, sorpresivamente, nos mostraran una unidad secreta, un profundo e íntimo vínculo. Y fui feliz.
El muchacho mira atónito la pantalla y un sopor caliginoso lo va adormeciendo lentamente hasta que queda completamente rendido. Sueña, entonces,  que está sentado en el sillón de su casa, dormido, y que su padre, a su lado, lo mira fijamente y sonríe, dichoso. Todo es plácido, hasta que el ruido de la bolsa con el jilguero al caérsele al suelo lo despierta. El pájaro sale volando de allí y se dirige hacia la luz del reflector, siguiendo su estela hasta dar con la pantalla. Varias veces se golpea contra ella hasta que, finalmente cae, exánime, en tierra.
―Despierta, Antonio.
La voz del padre lo llama y con una mano en su hombro lo zarandea cariñosamente para que espabile. El dueño del cine le sorprendió al preparar la sala para el pase de las cinco. No quiso despertarle y avisó al padre de que su hijo se encontraba allí, que fuera a recogerlo. El chiquillo despertó poco a poco, restregándose los ojos y confuso:
―Papá, llovía mucho y como hacía tanto frío entré aquí y me dormí. Lo siento.
―Venga, coge tu cartera y vamos a casa, que tu madre está muy preocupada.
Antonio se levanta y busca en la butaca y en suelo la bolsa en la que está el jilguero. Le pregunta al dueño del cine si la ha visto, pero le dice que no y se acerca a la pantalla para ver si está allí porque recuerda que en el sueño el pájaro salía de la bolsa y caía al golpearse. Sin embargo, allí no hay ni rastro. El dueño del cine le pregunta qué hay en la bolsa y les explica que tenía un jilguero que le regaló el de la pajarería del mercado porque le ayudó a recoger su tenderete, que por eso se había retrasado y que al ir a casa se encontró a un tullido bajando las escaleras del cine y le ayudó y le regaló una entrada..., que el pájaro salió de la bolsa, cayó herido al darse un golpe en la pantalla.
Antonio buscó en sus bolsillos, pero no encontró tampoco la entrada. No sabía dónde estaba, quizá se le habría caído en la escalera o en el hall. El dueño dio una gran carcajada y el niño no comprendió de qué se reía. Llamó al padre aparte y habló un momento con él. Antonio vio cómo el padre también se reía y asentía con la cabeza.
Caminaron, padre e hijo, juntos bajo el paraguas hasta llegar a casa y una vez allí le preguntó al padre qué le había dicho el dueño del cine:
―Te quedaste dormido, viendo un pase de prueba de la película que va a estrenarse hoy. Y en ella hay varias escenas en las que aparece un mercado donde un mutilado de guerra, sin piernas, vive de la venta de cupones. Tú únicamente mezclaste las imágenes con tu sueño, nada más.
Antonio estaba desconcertado, hubiera jurado que aquello le había ocurrido realmente. El padre lo vio tan desvalido, que le contó que algo similar le ocurrió a él cuando era niño y que también su padre le había sacado de su confusión.  Y le confesó, finalmente, el título de la historia: El pájaro herido.

Y fueron felices.