jueves, 27 de julio de 2017

EL BUSCADOR DE LA DICHA




La desdicha estaba sentada sobre una piedra, a los pies del templo. El viejo sostenía el peso de su cuerpo maltrecho sobre sus brazos, recostados en el bastón. Una multitud subía y bajaba por los deteriorados peldaños de la pirámide. Algunos visitantes paraban para descansar en su ascenso o descenso, otros reían de sus forzadas posturas y se regalaban fotografías. Al lado del viejo, en unos bancos de madera se arremolinaba un grupo de turistas franceses que escuchaba la perorata de una guía que inmisericorde les abrumaba.
Como de costumbre, alguien preguntaba por aquel hombre, solitario, que no hacía mas que mirar hacia el promontorio. Se había convertido en una atracción más, un hito añadido a la vagancia de los turistas. La guía bajaba la voz y, como colando una confesión, les relataba que aquel hombre venía casi todas las mañanas, desde hacía más de veinte años, al mismo punto donde ahora se encontraba y dejaba pasar las horas mirando siempre hacia la pirámide, sin pronunciar apenas algún vocablo a quien le preguntaba. Aunque no se sabe a ciencia cierta, parece ser que perdió allí a su mujer o a un hijo, en una visita que junto a ellos haría hace tiempo. Subirían solos por las gradas hasta perderse en las alturas y de allí ya no volverían a ser vistos nunca más por nadie.
El viejo se abandonaba al elevar la mirada hacia la cima. Las más de las veces entornaba los ojos y no los abría hasta mucho más tarde, empapados en lágrimas que él enjugaba lentamente con su pañuelo. Lo que contaban no eran más que chismes. Guardaba el viejo con celo su secreto y nadie, tan solo él, recónditamente sabía lo que allí buscaba o esperaba.
Todas las conjeturas las retenía, sin mostrar ante la gente ninguna aprobación u objeción, y al llegar a la choza que tenía no muy lejos de las ruinas las anotaba en una pequeña libreta que se había comprado en la tienda de souvenirs, ahorrando de lo que sacaba de las escuetas limosnas que le echaban los turistas.
Años más tarde, el viejo dejó de aparecer por la pirámide y los celadores de las ruinas lo encontraron, tiempo después, muerto en el camastro de su chamizo, con una enigmática expresión de dicha. Quién sabe si aquello que esperaba, por fin pudo obtenerlo. Guardo para mí, además de la libreta que me dio mi padre -uno de los centinelas del parque arqueológico-, que lo que aquel anciano buscaba no era sino el encuentro con la buena muerte, la felicidad de desaparecer, de formar con su cuerpo parte de aquella tierra en la que alguna vez la dicha fue a su encuentro.